El conte del Jardí dels Somnis

Diden que hace muchos y muchos años, cuando el mundo todavía joven y las entrellas conversaban con los humanos, vivía en Gavà un joven soñador llamado Gerard, aunque más adelante todo el mundo lo conocería como el Heraldo de Gavà.

Gerard tenía un don especial: podía sentir las palabras del viento. Cuando el viento soplaba por encima de los campos o del mar, él entendía los murmullos de la naturaleza. Siempre, a su lado, había una niña risueña y curiosa, la Heraldina, juntos recogían historias, deseos y secretos. 

Entra... ven a conocer uno de sus secretos más preciados: el del Jardín de los Sueños. 

Era una noche mágina, llena de luces brillantes y un aire fresco que hacía recordar las historias de los cuentos más antiguos. En el corazón de la ciudad de Gavà, dos seres especiales, el Heraldo y la Heraldina, esperaban con ilusión a todos aquellos que llegaban para visitar el Jardín de los Sueños. 

¡"Hola! ¿Ya habéis llegado? ¡Que bueno, os estábamos esperando!", exclamó el Heraldo, con una voz que resonaba como un eco amable entre los árboles. "Nos presentamos, somo el Heraldo y la Heraldina. Para quien no lo sabe, o para quien no se acuerdo, nosotros somos los emisarios de Sus Majestades los Reyres Magos de Oriente en Gavà, y nos encargaremos de preparar la ciudad para su llegada. 

Los dos andaban con una seguridad tranquila, como si la misma tierra los conociera y los siguiera. "Juntos, recogemos vuestras historias, deseos y secretos", dijo el Heraldo. "Por eso nos podéis ver por las calles de Gavà los días de Navidad. Nos aseguramos que todo esté a punto para la llegada de los Reyes Magos de Oriente: las luces, las cartas... pero sobretoto vuestros deseos y sueños".

¡"Sed bienvenidos y bienvenidasal Jardín de los Sueños!" dijo la Heraldina, con la voz llena de magia. Sus ojos brillaban cómo si tuvieran la clave de todo aquello que es invisible. "Aquí nada es lo que parece, y todo invita a soñar", añadió el Heraldo. "Abrid bien los ojos y el corazón... y dejaros llevar", murmuró la Heraldina, como si fuera un consejo secreto que solo los que creen en los sueños pudieran entender. 

 

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